Salud Internacional: dos modelos en pugna

 

*Emanuel Soriano

El último cuarto del siglo XX fue una verdadera “era de extremos” para la salud internacional. La idea de salud como un bien social que debe ser distribuido equitativamente entre todos independientemente de la capacidad de pago, y por ende debe ser financiado colectivamente, obtuvo un apoyo sustancial en una conferencia internacional de 1978 en Alma-Ata, Kazajstán. En ella, el modelo de Atención Primaria de la Salud (APS) hizo hincapié en la necesidad de una estrategia integral que abordara no solo el acceso a los servicios sanitarios, sino también las causas sociales, económicas y políticas de la mala salud. Sin embargo, estos desarrollos pronto fueron eclipsados por la irrupción en la escena internacional de los gobiernos neoliberales de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, en el Reino Unido y los Estados Unidos, respectivamente. El neoliberalismo se instaló como un tipo diferente de idealismo, concebido para producir una transformación profunda del sentido común: la salud debía dejar de ser considerada un derecho universal para convertirse en un bien de mercado que los individuos deben adquirir.

La contradicción principal entre ambos paradigmas se expresa en una disputa constante entre  los intentos del capital financiero transnacional de transformar a la salud en un mercado global desregulado, y los procesos de construcción de equidad, justicia y soberanía sanitaria. Aparece, entonces, una tensión política intrínseca que no conoce fronteras territoriales, y que exige de nuestra parte trascender la dimensión local para elevar el análisis a la escala internacional.

La mercantilización de la salud según el paradigma neoliberal: capital financiero y complejo médico industrial estadounidense

La  quintaesencia del pensamiento económico y social neoliberal consiste en postular la superioridad del sector privado sobre el público. Esta visión se extiende a todos los sectores de la sociedad, incluyendo los servicios e instituciones sanitarios, y ha sido promovida activamente por el capital financiero tanto a nivel nacional como a nivel internacional, contando para ello con el apoyo activo de organismos multilaterales de crédito como el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo. Los programas de ajuste estructural (PAE) impuestos por estos organismos implicaron fuertes reducciones de los recursos públicos destinados a salud e investigación. Las políticas de privatización, desregulación y descentralización implementadas por los PAE al amparo del Consenso de Washington, presentaban a la sanidad estadounidense, de propiedad y gestión primordialmente privada, como el modelo por excelencia de eficiencia y de eficacia.

Sobre esto último debe señalarse en primer lugar que EE.UU es el país que más gasta en sanidad en el mundo (un 17% del PBI). Distintos defensores del gerenciamiento privado de la salud argumentan que estos niveles de gasto se deben a que los estadounidenses utilizan el sector sanitario mucho más frecuentemente que la población de otros países. Los datos demuestran, por el contrario, que comparado a países que poseen sistemas públicos de salud, EE.UU cuenta con el número más bajo de visitas al médico por habitante (solo 4 visitas por año versus 7,7 en Canadá 6, 7 en Francia o 12,9 en Japón) y el promedio más bajo de días que los enfermos pasan en el hospital (4,8 días en el hospital por enfermo, más bajo que en Australia con 5,7 días, Francia con 5,6 o Suecia con 8,6). Es decir, los estadounidenses utilizan menos sus sistemas de salud, y no más, que aquellos países que tienen sistemas con financiación pública. Más importante aún, 29 millones de estadounidenses aún no cuentan con cobertura sanitaria, lo que representa casi un 10% de la población. Por último, paradójicamente, EEUU es uno de los países que carga con mayores niveles de ineficiencia en la práctica asistencial: el 40% de histerectomías, el 48% de operaciones de cateterismo cardíaco y bypass, el 28% de angiografías y el 40% de angioplastias realizadas son innecesarias.

            La causa fundamental del elevado gasto sanitario en EE.UU es la financiación, provisión y gestión privada de la sanidad, y una casi total mercantilización de la salud, conducida por el capital financiero y el denominado “complejo médico industrial”. Este último está constituido por un reducido número de empresas proveedoras de servicios y de aseguramiento privado, y por compañías productoras de bienes (farmacéutica, equipos e insumos). En la administración de empresas aseguradoras y de compañías farmacéuticas, el capital financiero obtiene ganancias extraordinarias vía cartelización de la oferta y segmentación de mercados según nivel de ingreso, restringiendo el acceso a los servicios sanitarios a las personas de menos recursos.

Las aseguradoras de salud basan su negocio en apropiar riqueza de los trabajadores para realizar las ganancias de los inversores y a continuación invertir en áreas más “rentables”, como la especulación inmobiliaria y/o financiera. Para ello cuentan con estructuras administrativas enormes (mucho mayores que las atribuidas por el neoliberalismo al sector público), que se apropian de miles de millones de dólares vía comisiones, gastos de intermediación y distribución de dividendos. Estos capitales requieren eventualmente de nuevos países y sectores para continuar su ciclo de expansión. Tal fue el caso de América Latina durante la década del 90. Muchos países de nuestra región desregularon sus economías para facilitar la entrada de aseguradoras multinacionales en el sector salud. En Argentina, tras los procesos de reforma y reducción de la presencia del Estado, estas compañías operaron a través de la compra o asociación con empresas prepagas, y desde allí impulsaron la desregulación de las obras sociales.     Por último, merece una mención aparte otro actor fundamental del complejo médico industrial: la industria farmacéutica. A sus tradicionales y millonarios lobbies que buscan extender los monopolios de patente y posponer la competencia de los genéricos, lo cual se traduce en precios más altos y por periodos de tiempo más prolongados, estas corporaciones hoy suman un nuevo fenómeno, ya analizado: el desembarco del capital financiero. Esto último no hizo más que habilitar nuevas maneras de inyectar volatilidad al precio de los medicamentos, y así obtener ganancias especulativas inverosímiles a expensas de sectores sociales por definición vulnerables. Uno de los casos más resonantes que da cuenta de esta práctica es el de Martin  Shkreli, administrador de un fondo de inversión especulativo, devenido luego en CEO de una compañía farmacéutica. En 2015, Shkreli adquirió los de derechos para la comercialización de Pirimetamina, un fármaco utilizado en el tratamiento de la Toxoplasmosis, enfermedad severa que afecta fundamentalmente a quienes tienen sistemas inmunitarios debilitados, como personas trasplantadas o portadores de VIH/SIDA. Tras esa adquisición, la dosis de Pirimetamina pasó de costar US$13.50 a venderse en US$750, es decir, un 5000 % más.

Una visión contrahegemónica: Nuevo Orden Multipolar, fortalecimiento de la Diplomacia Regional en Salud y construcción de Soberanía Sanitaria

Como se relató más arriba, las políticas neoliberales iniciadas a principios de los 80 sólo consiguieron reducir el acceso de los grupos sociales desfavorecidos a la salud, además de postergar por décadas el debate iniciado en Alma-Ata. En los últimos años, sin embargo, puede advertirse un incipiente desafío a la hegemonía del modelo de sanidad estadounidense impulsado por el capital financiero transnacional.

A partir tanto de la crisis financiera mundial de 2008, como de la creación del G-20, un bloque de países conformado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS), avanzó en una acción coordinada procurando a partir de ello aumentar su representación en los procesos de gobernanza global. Estas potencias emergentes, que en conjunto representan a la mitad de la población mundial y condensan un cuarto del PBI global, buscan que la interdependencia, la multipolaridad y la cooperación institucionalizada puedan generar excedentes económicos controlados nacionalmente, con eje en nuevas formas de integración y desarrollo, autónomas de los poderes que dominaron el mundo el siglo pasado. En materia de salud, puede decirse que los BRICS buscaron delinear una agenda “contrahegemónica”, basada en tres pilares. En primer lugar, un énfasis en el abordaje integral de las denominadas enfermedades no transmisibles (en oposición a la focalización exclusiva  en enfermedades infecciosas). En segundo lugar, un firme apoyo a regímenes más progresivos de propiedad intelectual en materia de los medicamentos. En tercer lugar, un impulso a las acciones de Cooperación sanitaria Sur-Sur.

En el plano regional, destaca el rol desempeñado por la Unión Naciones Sudamericanas (UNASUR). El bloque sudamericano adoptó un enfoque superador de la  asistencia sanitaria transfronteriza, incorporando una perspectiva de derechos y de gobernanza. UNASUR asumió el desafío político de diseñar estrategias regionales en pos de un mejor acceso a medicamentos mediante negociaciones internacionales en bloque, que permitan hacer frente a los intentos de las corporaciones farmacéuticas de desangrar los sistemas de salud pública fijando precios inverosímiles y completamente divorciados de sus costos de producción. En este sentido, este espacio de integración puede convertirse en un sitio para la acción colectiva y defensa del derecho a la salud por medio de opciones diplomáticas y estratégicas, que permitan a actores estatales y no estatales avanzar en pos de objetivos de justicia y equidad sanitaria.

Finalmente, la confluencia de gobiernos progresistas desalineados del Consenso de Washington que tuvo lugar en América Latina, supuso una redefinición del rol del Estado y su función en la planificación central de políticas públicas de salud. El camino propuesto por algunos de estos gobiernos para desandar décadas de condicionamientos y transformaciones estructurales a la medida de las instituciones financieras internacionales, fue el de la construcción de soberanía sanitaria, la cual implica que las políticas de salud sean definidas conforme a las necesidades y capacidades nacionales, y en beneficio de los pueblos.

A modo de cierre

La mercantilización de la salud, entendida como epifenómeno de la globalización, representó un triunfo más de las fuerzas políticas que representan los intereses del capital financiero transnacional. Sin embargo, como hechos recientes parecen comprobar, ningún proceso histórico es permanente sino contingente, incluyendo la globalización misma. La aparición nuevos catalizadores a nivel nacional e internacional (el bloque BRICS, UNASUR) ha dado lugar a nuevas oportunidades para redefinir objetivos de economía política regional y formas de acción colectiva. De allí la posibilidad de lograr una modificación real sobre los determinantes de las inequidades sociosanitarias, y la importancia de presentar una visión contrahegemónica del modelo de salud impuesto por el capital financiero y el complejo médico industrial estadounidense. Esta nueva visión, basada en la equidad, la justicia y la soberanía sanitaria, demanda la acción de múltiples actores, que logren colocar la balanza de las fuerzas políticas a favor de la vida, el bienestar y la salud para todos y todas.

*Por Emanuel Soriano