RESCATE DE LA POLÍTICA O FASE FINAL DE LOS ESTADOS-NACIÓN

 

*Carlos Raimundi.

 

 

“Malos tiempos son aquellos en los que hay que demostrar lo evidente”

Bertold Bretch

¿Por qué combatimos por persistir en la servidumbre, como si ésta fuera nuestra salvación…?

Spinoza

 

  1. Presentación

El posicionamiento de los principales actores del tablero mundial nos permite reafirmar que el mundo se encuentra en una fase de profundo cambio geopolítico.

No obstante esta afirmación, y como sucede en momentos de cambio, no tenemos aún la certeza sobre cómo se configurarán los nuevos escenarios. Si ese cambio está signado por la disputa entre distintos modelos de Estado –esto es, diversas maneras de relación entre el Estado y el capital financiero especulativo- o bien por la rendición definitiva del Estado y la política a expensas de los grandes conglomerados financieros.

Una hipótesis considera a las opciones nacionalistas europeas y hasta al propio Donald Trump como una respuesta, aunque extrema, de salvataje de la soberanía estatal. Yo me inclino más a pensarlas como una fase final del Estado. No veo a las salidas ultra-nacionalistas como una alternativa, sino como una última escala, previa a la pretensión de los mercados de arribar a la destrucción del Estado.

¿Por qué? Porque el actual sistema conlleva a una exclusión creciente. La exclusión implica resentimiento, y éste conduce a una mayor fragmentación social, a la xenofobia y el racismo. El “nosotros” que construye el nacionalismo extremo también excluye y discrimina, y por lo tanto, termina por negar a la política en su dimensión articuladora de intereses.

  1. Algunos resultados del modelo de concentración

De todos modos, ningún cambio se dará en un plazo breve, sino que se trata de procesos sinuosos. De lo que no caben dudas es del agotamiento del presente modelo de acumulación que arroja, entre otros, los siguientes resultados:

  • 8 fortunas personales atesoran el mismo volumen de recursos que los 3.600 millones de personas más pobres del planeta
  • 4.000 millones de personas viven bajo la línea de pobreza
  • 0,002% de la población mundial concentra el 80% de los depósitos bancarios
  • un solo país, con el 4% de la población mundial, consume el 30% de la energía del planeta
  • 1.000 millones de Seres Humanos, en su mayoría niños y niñas, padecen hambre en un mundo con la capacidad física y tecnológica de alimentar a 3 veces su población
  • en el mundo conviven millones de hambrientos con millones de obesos; millones de desocupados con millones de sobre-explotados
  • África y Medio Oriente le recuerdan a Europa en particular y a “occidente” en general el desamparo y la explotación colonial que le propinaron durante siglos, y lo hacen en forma de refugiados, epidemias y ataques terroristas
  • el volumen de dinero en las cuentas de la banca especulativa de derivados financieros es 30 veces superior al PIB mundial
  • el monopolio privado de las patentes de semillas y agroquímicos, medicamentos y alimentos, organiza los cultivos y las políticas terapéuticas y de alimentación de acuerdo con sus intereses financieros, y no del interés de las mayorías en la información, la educación y la prevención.
  • la colonización intelectual a manos de las cadenas hegemónicas de medios es tal, que la idea de crisis se asocia con la caída de un fondo de inversión como Lehman Brothers y no con alguna de las tragedias enumeradas, ya que estas parecen estar absolutamente naturalizadas.
  1. ¿Perplejidad o lógicas reacciones?

Pero esta colonización cultural no podrá soslayar eternamente el malestar de millones de personas. Ese malestar se expande, sus reacciones comienzan a hacerse sentir y llega un momento en que afecta a la propia estructura política bajo la cual tuvo lugar aquel cúmulo de atrocidades.

Desde una mirada convencional, se suele expresar asombro ante fenómenos como el terrorismo, el ascenso de Donald Trump o la salida del Reino Unido de la Comunidad Europea. Aunque en un punto no son equiparables, sí forman parte, desde distintas perspectivas, de una reacción frente a la orientación general del sistema político mundial. Ante semejantes calamidades como las descriptas, deberíamos asombrarnos si, –por el contrario- los sectores afectados no expresaran su rechazo.

  1. El Estado como obstáculo

El modelo de acumulación mundial –y por ende el sistema de poder que le ha permitido desarrollarse- excluye a cada vez más millones de Seres Humanos. Sobran, están demás, el sistema se sentiría mucho más cómodo sin ellas y ellos. Y esta exclusión a nivel global, que está en la propia naturaleza del sistema, tiene su correlato en los modelos nacionales. Cuando un Estado, o un grupo de Estados, resiste a través de medidas económicas como el control de la renta de sus recursos o su oposición a adaptarse a estándares internacionales como pueden ser, por ejemplo, los impuestos por la DEA, al gobierno de ese Estado hay que derrocarlo. Y, si fuera posible, destruir al Estado mismo.

No es otra cosa lo ocurrido con regímenes como los de Irak o Libia, ni lo que se pretende hacer con Siria, Irán o Turquía. Tampoco es muy distante, particularidades mediante, la desestabilización impuesta en Venezuela, Brasil y Argentina. Disfrazada de hartazgos populares, nadie debería dejar de ver por detrás de la misma, la acción de la CIA y de algunos think tanks con origen en los Estados Unidos.

  1. La construcción de la alternativa en América Latina

No dejemos de reparar en la hostilidad planteada por las recientes experiencias populares de América del Sur al señalado modelo de acumulación global. El rechazo al ALCA, la exitosa salida de la Argentina del sistema financiero convencional, el retiro de nuestros fondos previsionales del circuito bursátil para ponerlos al servicio del desarrollo interno, el cambio de paradigma energético que significó convertir a nuestros hidrocarburos de mercancía internacional en palanca de crecimiento, la denuncia de las cuentas secretas de uno de los mayores bancos especulativos del mundo como el HSBC, la reforma de su carta orgánica para una mayor injerencia de nuestro Banco Central, el haber resistido sin caída económica el fallo que favoreció a los fondos-buitre respaldado por la propia Corte Federal de los Estados Unidos, ¿afectaron o no el plan que el sistema financiero internacional tenía pensado para nuestro país y para la región?

Las retenciones a la renta de la soja, el registro de los trabajadores y trabajadoras rurales, las limitaciones a la apropiación extranjera de grandes extensiones de tierra ¿enfrentaron o no al gobierno popular con la oligarquía terrateniente interna y sus referentes internacionales? La intervención sobre el oligopolio de medios y la puesta en evidencia de su relación política y económica con la última dictadura ¿enrareció o no la relación del gobierno popular con la prensa dominante? La remoción del poder paralelo instalado en los servicios de inteligencia internos estrechamente relacionados al espionaje internacional, ¿afectó o no sus prerrogativas históricas?

La oposición diplomática a ciertas iniciativas como la intervención militar a Siria, el reconocimiento del Estado Palestino, la creación de un ámbito como la CELAC o las posiciones del G-77 + China en los foros multilaterales tampoco estuvieron a tono con el sistema de poder mundial. Mientras tanto, la recuperación política de Rusia y de su atávica vocación hegemónica y la expansión de la economía china, convirtieron a los BRICS en la asociación más dinámica de la economía y el comercio internacional, y esto incrementó su incidencia política.

En definitiva, el mundo de principios de este siglo ya no era, para el capital financiero especulativo, el “apacible” mundo unipolar que sucedió a la caída del Muro de Berlín e instaló a nivel planetario el paradigma de las finanzas por sobre el de la producción. Muchas de las injusticias que permanecían en un segundo plano tapadas primero por la guerra fría y luego por la expectativa en un presunto “nuevo orden mundial”, lejos de superarse, salieron a la superficie como denuncia de un capitalismo esencialmente injusto y excluyente. Y así como en 1989 comenzaba a consumarse la caída del llamado “socialismo real” con el derribo de uno de sus símbolos, en 2001 el “capitalismo real” también sufría el derribo de uno de sus símbolos más preciados, y eso también preanunciaría cambios. Entiéndase que no se procura equiparar aquí un suceso como el atentado terrorista (torres gemelas) con el proceso de desgaste que terminó con una bipolaridad vigente durante décadas (muro de Berlín). Sino únicamente asociar la caída de las referencias arquitectónicas de ambos  sistemas con los cambios que sobrevendrían en cada uno de ellos luego de las mismas.

  1. Disputa por el gobierno del mundo

Como a mediados de los 70 lo estuvo entre los variados movimientos emancipadores y el capital financiero trasnacional que resultó triunfante, hoy el mundo está ante una nueva fase de disputa geopolítica. Con el riesgo que conlleva toda simplificación, de un lado están los grandes conglomerados financiero-mediático-petrolero-armamentistas, la apropiación de los recursos, la exclusión de los pueblos, el dinero virtual, el despliegue militar, la cooptación de los métodos de interpretación simbólica de la realidad. Del otro lado, el eje China-Rusia, Medio Oriente, los procesos populares de América Latina y su afán de ser escuchados, el Papa Francisco y la simpleza de su consigna Tierra, Techo y Trabajo. Con todas sus particularidades y diferencias, este eje geopolítico necesita de la política y el Estado. El otro, el financiero, necesita el exterminio de la política y del Estado.

Por todo esto había que terminar con la estatalidad de países como Libia e Irak, y habrá que terminar con Siria, Irán y Turquía, presentándolos a la opinión pública mundial como regímenes bárbaros, del mismo modo al que se presenta a los líderes latinoamericanos. Por eso había que sofocar los intentos de autonomía de las izquierdas de Grecia y España, y terminar con la estatalidad de los regímenes populares de Suramérica. Por eso hay que terminar con el Estado, lo que es lo mismo que decir con la política.

Por el mismo dispositivo según el cual sobran millones de habitantes en el mundo, sobran también en cada uno de nuestros países. Y el único camino que los incluye es el de la política. Ya no se trata, pues, de una derecha conservadora que ejerce la administración de lo público en función de sus intereses, sino de la lisa y llana enajenación de la política a expensas de los mercados. Lo público administrado por los mercados. La city en el lugar de la polis. La ratio de la especulación financiera en el lugar de la política. El gobierno de los CEOs.

            La ratio de la política es la organización de la sociedad; la del capital es maximizar su ganancia. La ecuación es sencilla: o se fija una tasa de ganancia en función de la organización social, o se organiza la sociedad al servicio de una tasa de ganancia.

El campo político-ideológico llamado occidente vivió bajo el patrón ordenador del Estado-nación desde que la Paz de Westfalia, en 1648, prevaleció sobre el intento de refundar el Sacro Imperio Romano. Las nuevas nacionalidades convertidas en Estados modernos remplazaban a una Europa mancomunada bajo la centralidad de la religión. Pero aquella confrontación entre dos modelos de autoridad, implicaba sendos contratos entre autoridad y sociedad con arreglo a valores. Así, el Estado moderno atravesó etapas en las que fue sucesivamente disciplinador y disciplinado por el capital, pero siempre encarnó una cosmovisión determinada sobre cómo organizar la sociedad. Se trataba de modalidades muy diversas, pero siempre referidas a un contrato social.

El valor de las veinte compañías más grandes del mundo se calcula en alrededor de 4.500 billones de dólares, lo que equivale al PIB de Japón, la tercera o cuarta economía mundial cercana a un 10% del PIB mundial. Las multinacionales biotecnológicas Dow Chemical y Dupont acaban de acordar su megafusión por 130.000 millones de dólares. Y Bayer acaba de hacer una oferta a Monsanto para comprarla en 75.000 millones de euros. Se trata de cifras que superan, todas ellas, el PIB del conjunto de países de África y Latinoamérica. De acuerdo con estos datos duros y desde la perspectiva de estos grandes consorcios, ¿cuál es la razón práctica por la cual los Estados deban disciplinarlos, y no a la inversa?

De aquí que resulta imprescindible, pues, retomar el eje geopolítico de aquellos países que, en los foros multilaterales, impulsan mecanismos de control democrático sobre las empresas trasnacionales, como las resoluciones de OIT y el Congreso Mundial de la Confederación Sindical Internacional, los Principios Rectores de ONU y Las Líneas Directrices de OCDE. De modo de financiar a los Estados para que ejerzan el control sobre los estándares de producción, los precios, las tasas de ganancia, los mecanismos de elusión fiscal, etc. priorizando los derechos humanos por sobre la irrestricta reproducción del capital. 

  1. Contrato social o suma de contratos individuales

La puja actual es entre la permanencia de la autoridad política, ese contrato social que a lo largo de la historia reciente ha asumido múltiples formas, por una parte, y por la otra una nueva forma de autoridad ejercida por los grandes conglomerados, no ya con arreglo a valores, sino a meros intereses. No ya un contrato social sino una sumatoria de tantos contratos individuales como habitantes tenga el mundo. Todo invita al consumo compulsivo, pero no todos pueden acceder. Entonces, respecto de los millones de personas sobrantes, el contrato dirá, implícitamente, eso: sobras, a poco de haber nacido o no, te mueres de hambre o de sed o de frío, o de enfermedad, o drogado, o víctima del gatillo fácil, o en la cárcel, o en una balsa tratando de llegar a Europa o acribillado mientras intentabas sortear el muro para entrar a los Estados Unidos. Y la idea es que ya no esté la “política” para hablar en su nombre.

¿Qué otra cosa que una prueba de ensayo de gobierno de los CEOs es el régimen que impera en la Argentina desde el 10 de diciembre de 2015? Qué otra cosa es el garantizar a los grandes capitales una renta financiera de casi 30%, permitir que se convierta en dólares y que éstos se retiren libremente del país, bajo la mirada impasible, cuando no aprobatoria, de una clase media convidada de piedra a la fiesta de la oligarquía interna y sus históricas conexiones internacionales. Qué otra cosa que aquella suma de contratos individuales significa el discurso de las nuevas autoridades, que se sintetiza declamando sólo “me siento cerca tuyo” o “me duele tu dolor”, mientras se transfieren miles de millones de dólares desde el patrimonio público a los grandes factores de poder, incluso con la anuencia de una gran parte de la dirigencia política y parlamentaria. ¿A quién culpará el Pueblo cuando esta política, a corto plazo, entre en crisis? ¿A esos factores de poder, o nuevamente al Estado y la política?

  1. Destruir a la política

La estrategia de empobrecer y enviciar al Estado y a la política, así como de satanizar su imagen pública es concluyente: hacer que los Pueblos terminen odiando y deslegitimando a las únicas herramientas que tienen para interpelar a los poderes que los explotan, el Estado y la política. Colocar el tema de la corrupción como eje de la discusión política en la Argentina persigue ese objetivo. No tiene sólo una arista anti-kirchnerista, sino que detrás de ella está el sesgo anti-político (“todos son iguales”). Por eso también se buscó la corrupción como primera excusa para derribar a Dilma Rousseff en Brasil; cuando se comprobó que era una dirigente intachable, se exploraron nuevos e intrincados caminos, pero siempre con un mismo objetivo. Las denuncias de corrupción corresponden, pues, a un planteo oportunista, no responden a ninguna veracidad estricta ni están hechas desde sinceridad alguna.

Para imponer un cambio de modelo había que cambiar el humor de los argentinos. De los pueblos de Suramérica en general, de modo de consumar el modelo financiero en toda la región. No ya bajo la coerción directa de los golpes militares, sino de la que indirectamente ejercen los aparatos ideológicos de los poderes fácticos. Atacando la figura de nuestras y nuestros líderes. Convenciéndonos, además, de que la libertad de cambio es para que los sectores medios puedan ahorrar en dólares y no para que los grandes capitales  saqueen el país. Convenciéndonos de que la política es el único ámbito corrupto, de que los sectores medios y populares deben estar enfrentados, de que la militancia política es algo sucio, de que el Estado es inservible, y por eso hay que vaciarlo y privatizarlo, para que nunca más acumule poder para controlarlos. Y quien piense y busque actuar en sentido contrario, no volverá a ser nunca una opción política.

Para ello, hay que seguir inoculando a la sociedad, con la sutileza y el profesionalismo con que el poder sabe hacerlo, una mirada preponderantemente colonial, que desdeñe las nociones de soberanía e integración regional y las remplace por la idea de “volver al mundo” y de que la integración es mera retórica. Cuando en realidad, ese “mundo” al que los nuevos gobiernos de Argentina y Brasil pretenden retornar no es otro que la Europa de los refugiados y los Estados Unidos del armamentismo desenfrenado de militares y civiles. El “mundo” al que verdaderamente se refieren no existe en el plano de la realidad, sino en el simbólico. Es el de sus grandes negocios financieros, dado que son parte de una oligarquía local que siempre se benefició de las políticas de ajuste y entrega a los factores de poder externo.

Qué otra cosa que esa mentalidad colonizada es el aserto: “debemos ahorrar energía”, al mismo tiempo que se procura restaurar una relación privilegiada con la superpotencia que consume el 30% de la energía mundial con sólo el 4% de su población. Es decir, renunciemos a nuestra calidad de vida para transferir esos recursos y permitir que nuestro amo los despilfarre. Lógica cipaya. Gobierno de CEOs que arrodilla a nuestro país ante un mundo gobernado por CEOs.

¿Qué otra cosa que un mundo gobernado por CEOs significan los Tratados de Libre Comercio Transatlántico y Tras-Pacífico y el Tratado de desregulación internacional de los servicios, que apartan a los Estados y a la política nada menos que de la administración de los servicios financieros, de las nuevas tecnologías y del sistema de patentes y propiedad intelectual?

  1. América del Sur, riesgos y desafío

Una nueva comparación con los años 70. En aquel momento, para aplicar el ajuste estructural en lo económico, hizo falta la Doctrina de la Seguridad Nacional en lo militar. En esta nueva fase de disputa, también hace falta intensificar el despliegue militar.

La conexión entre el nuevo perfil regional –libre comercio, endeudamiento, apertura económica, arreglo con los fondos-buitre, transferencia del patrimonio estatal- con el modelo financiero-especulativo global, conlleva su realineamiento geopolítico detrás de las potencias capitalistas, en especial de las estrategias de los grupos más conservadores de los Estados Unidos. Por eso, este realineamiento pone a la región ante dos circunstancias concatenadas entre sí: ensancha el riesgo de sufrir acciones terroristas de parte de los grupos más anticapitalistas y antioccidentales, respecto de la etapa más reciente, cuando tuvimos mayor autonomía política y diplomática; y, como correlato de esto, ofrece inmejorables condiciones para la militarización de la región y la instalación de bases estadounidenses, reconstituyendo así la idea de América del Sur como “patio trasero” que debe ser exhaustivamente vigilado.

Sin embargo, estamos muy lejos de la sentencia del Dante a las puertas del infierno: “Acabad con toda esperanza”. Por el contrario, América Latina cuenta con posibilidades extraordinarias de desarrollo autónomo. No sólo por sus incalculables riquezas naturales, sino también por su homogeneidad lingüística y religiosa y por constituir, todavía hoy, un ambiente de paz. Además, si bien en retroceso, nuestros Pueblos pueden reflejarse en una memoria muy reciente de conquistas concretas. No se trata de una utopía ni de una realidad demasiado lejana en el tiempo. El pasado reciente fue concreto y tangible, y no sólo implicó ascenso social y ampliación de derechos, sino que también extendió la conciencia colectiva sobre la presencia de los poderes fácticos y su antagonismo con los gobiernos populares. El ciclo histórico está abierto.

*Por Carlos Raimundi. Candidato a diputado nacional por Unidad Ciudadana. Integrante de la Comisión de Integración Regional y Asuntos Internacionales del Instituto Patria. Es Secretario General de Solidaridad + Igualdad.