Reflexiones y sentimientos sobre una tragedia histórica regional

*Nicolás Canosa

Tengo en mis manos el libro “el exilio y la CNT en los tiempos del PLAN CONDOR”, escrito por Juan Raúl Ferreira, a quien tuve la dicha de conocer en Montevideo. Una cálida reunión junto a él, Manuel Valenti y nuestro ya queridísimo y admirable amigo Luis Vignolo, me hizo sentir que estaba sentado no sólo junto a un hombre magnánimo, sino también con un tramo decisivo de la historia viva de un pueblo hermano. Intentaré ser breve y conciso al expresar mis sentimientos que emergieron tras su lectura, como así lo fue Juan en su corta pero profunda narración sobre el preludio al exilio y la acción emprendida tras salir del Uruguay de él, su madre, sus compañeros de militancia y su padre Wilson Ferreira, a quien le estafaron la elección como presidente de 1971, como reconoció el presidente Nixon, hecho que antecede a la dictadura uruguaya que comienza en 1973 y se extiende hasta 1985. (Espero con ansias la futura publicación en extensión de estas vivencias y reflexiones que nos comentaste, Juan).

En nuestra organización, Peronismo Militante, siempre nos han enseñado a honrar y mantener vivos los ideales de los compañeros desaparecidos, a no permitir que se rompa la cadena del conocimiento y de la memoria del pueblo y a sentirnos parte de una lucha histórica por la liberación nacional y la unidad de Nuestra América. Desde mis comienzos en la militancia, en el año 2011, he escuchado y aprendido de muchos hombres y mujeres que fueron contemporáneos a la tragedia histórica común donde reinaron las dictaduras, la persecución, las desapariciones y los exilios. Siempre me ha llamado la atención o, en rigor, siempre me ha impactado emocionalmente, que exista una alusión ineludible a aquellos tiempos cada vez que me encuentro con seres humanos que han militado y puesto en riesgo su vida en defensa de un ideal de país y continente más justo, y que han sufrido la pérdida de sus seres queridos, el destierro y el tenebroso predominio de las más aberrantes prácticas inhumanas ejercida por cipayos al servicio del “Cóndor norteamericano”. Una alusión que no siempre es de carácter estrictamente político, sino también vivencial. Desde como sentarse en un bar, de cara a la puerta y no de espaldas. Pasando por el recuerdo del mate y la pava como el momento sagrado en los años de cárcel. Hasta como organizaban las reuniones y como cuidaban a los compañeros que huían de la persecución del Terrorismo de Estado.

Antes de leer el libro que nos regaló, compartí estas sensaciones con Luis Vignolo, horas más tarde de la reunión con Juan Raúl, y él me decía que lo que el percibe es que “lo viven como hoy”. Es cierto. Nominó con esa frase mi sensación permanente ante cada una de estas situaciones. Y no es para menos, ante semejante tragedia. En un pasaje de una poesía que escribí un 24 de marzo expresé “Golpe profundo al alma que se tuerce/recuerdos oscuros de un dolor que perdura/heridas abiertas que el tiempo no cura/el llanto que invade: en las entrañas se mece”.

En este relato que tengo en mis manos, uno encuentra esas heridas abiertas, los miedos que se sentían. Los dolores que perduran. “La culpa del sobreviviente”, como Aldo Duzdevich analiza en un profundo artículo sobre el Papa Francisco y que Juan siente que todavía “lleva un peso en la mochila” por no haber logrado convencer a Juan Carlos Torres de ir con ellos al exilio a París, quien siendo ex presidente boliviano fue asesinado en Buenos Aires el 5 de junio de 1976. Peso que también sintió Wilson Ferreira, su padre. Aparece la lucha por el retorno a la democracia, esfuerzo en el cual se empeñó siendo muy joven Juan Raúl, construyendo unidad con compañeros de distintas procedencias políticas-ideológicas del Uruguay, conformando la “Convergencia Democrática Uruguaya” y también articulando acciones con militantes de otros países como el nuestro -en el cual vivió algunos años de su largo exilio- y confluyendo con organizaciones internacionales de Derechos Humanos para salvar a sus compañeros y a su país de las garras dictatoriales.

Creo, sinceramente, y en un esfuerzo de comprensión de esta tragedia, que es imposible “ponerse en la piel o en el lugar” de quienes la sufrieron. No estamos en sus noches de desvelo, en los recuerdos, en los lamentos de lo que pudo ser y no fue, en el abrazo que no se pudo dar, en los restos de un ser querido que todavía no se encuentran. Lo cual no significa ignorar o no compadecerse ni acompañarlos en sus sentimientos y en las dificultades. Por el contrario.

Lo que es posible, como generación, es mantener encendida la llama que a ellos los invocaba para luchar por sus ideales de justicia social en una época tan oscura. Seguir enfrentando a las fuerzas políticas que aliadas a los imperios que buscan oprimirnos hoy avanzan en América Latina y ser conscientes que el miedo ante esta realidad puede aparecer, ante lo cual es imprescindible armarnos moralmente para no “ser prisioneros de él”, como cuenta Juan que le enseñó quien conoció en el exilio, Monseñor Romero, beatificado por Francisco recientemente.

Lo que es posible –e imprescindible-, es predicar y actuar según un valor que atraviesa y se remarca a lo largo de este emotivo texto como “el motor para mantener viva el alma” en aquellos momentos difíciles y estimo que también para continuar y sobrellevar las heridas abiertas que hablábamos antes: la solidaridad.

Lo que es posible, y en lo que debemos empeñar enormes esfuerzos, es también lo que se reluce de la acción emprendida por los Ferreira para recuperar la democracia en Uruguay: Trabajar por la unidad de los que pensamos distinto, pero que coincidimos en el objetivo común de construir un país, un continente y una humanidad que sea cada vez más libre, justa y menos desigual que, claramente, no es el camino hacia donde estamos navegando en el mundo actual.

Decía al comienzo que nuestra sensación fue que conocimos a un hombre magnánimo. Me remito a Jacinto Pérez Arcay, maestro del Comandante Chávez, quien dice en su obra El fuego sagrado que “el hombre magnánimo sabe también soportar valientemente el dolor y posee el don de extraer del agraz del infortunio aquel exquisito vino que, aumentando su intrepidez, lo fortalece y agiganta”. Es posible, por último, bajo estas máximas, que miles, millones de hombres y mujeres de la Patria Grande, nos organicemos y conozcamos mejor, para revertir el agraz del infortunio neoliberal y así recuperar, corregir con inteligencia, fortalecer y agigantar la unidad soberana construida con enorme valentía en esta última década.

UNIDOS O DOMINADOS, la determinante y contundente consigna en la cual tanto insistió Perón en sus discursos y acción que no pierde vigencia y nos debiera marcar a fuego como militantes de la liberación y de la felicidad de los pueblos de Nuestra América.

Por Nicolás Canosa, responsable nacional del Frente Cultural del Peronismo Militante y responsable de relaciones internacionales del CENACK.