¿Hacia qué globalización nos dirigimos?

*Marcos Methol Sastre

La globalización es un proceso histórico inexorable. Solamente el propio exterminio, por la guerra nuclear o bacteriológica, o la destrucción por fenómenos astronómicos o climáticos puede detener la progresiva unificación mundial. Hoy resulta más ilusorio pensar en la realización de microcomunidades autosuficientes que en la consolidación de un gobierno mundial o incluso la colonización y expansión hacia otros planetas.

A partir de 1492 empieza la historia mundial y los Imperios que van a marcar las sucesivas etapas necesariamente tendrán una presencia extendida en toda la Tierra. Hasta ese momento las grandes civilizaciones se habían consolidado junto a los ríos más importantes como el Nilo, el Tigris, el Éufrates, el Ganges, el Huang He, el Jordán o el Tíber. La era de los navegantes del siglo XVI abre la historia oceánica y mundial.

Si partimos de la base que la globalización es un proceso irreversible, entonces lo más apropiado es resolver cómo y cuánto podemos incidir en sus efectos, deseados o no deseados. La primera tarea es identificar cuáles son los polos o centros que marcan predominantemente el modelo de globalización en cada período histórico.

Con el fin de la II Guerra Mundial culmina el período de la globalización eurocéntrica y comienza la era bipolar EEUU-URSS, dos grandes Estados Continentales Industriales que proponen sus propios modelos, aún en las zonas geográficas y culturales más remotas.

En los últimos treinta años la globalización estuvo dirigida por el modelo capitalista norteamericano que, no obstante ha permitido un impresionante desarrollo científico y tecnológico, se ha mostrado incapaz de dar respuesta a realidades cada vez más ostensibles como la corrupción, el crimen organizado, el cambio climático, la concentración de la riqueza y la anomia social.

Situación actual

La izquierda latinoamericana corre el riesgo de volverse autorreferencial. Esta deformación puede llevar a sus dirigentes a razonar a partir de diversas caricaturas del mundo y no de las implicancias más hondas y cuestionadoras de algunos giros que se están dando dentro y fuera de la región.

La social democracia europea y norteamericana se han vuelto reactivas ante los fenómenos del Brexit y de Donald Trump, que están íntimamente ligados. Prefieren tacharlos como movimientos xenófobos o reaccionarios en lugar de indagar en lo que, a mi juicio, es la cuestión fundamental: se trata de una expresión de repudio al globalismo financiero de las élites.

Una expresión iracunda, visceral, impotente en tanto está cargada de desprecio hacia las otras víctimas de la exclusión, los migrantes, sus iguales, aunque provengan de culturas muy diferentes. Esas familias de trabajadores que huyen de la guerra y la destrucción en sus países, que fueron invadidos con el aval y la complicidad de políticos e intelectuales progresistas del Atlántico Norte.

Londres aspira a consolidarse como la city financiera del gran dragón del Oriente, China, con el visto bueno de la casa real británica. Por otra parte, Washington embiste contra las guaridas fiscales de Suiza y Panamá para recibir enormes flujos de dinero en sus “paraísos” de Nevada, Wyoming y Dakota del Sur. Una de las preguntas que asoman en el horizonte es ¿acaso las dos grandes poderes económico-militares del mundo actual, Estados Unidos y China, ensayan un pacto de Yalta del siglo XXI? Es posible.

Detengámonos entonces en algunos eventos que pueden ser determinantes del orden intercontinental que se configure para las próximas décadas:

Mientras Estados Unidos aspira a reflotar su crecimiento económico a partir de la creación de zonas de libre comercio de servicios trans-continentales, China hace una gran apuesta al desarrollo de infraestructura a través de la construcción de la Nueva Ruta de la Seda, un corredor que va desde el extremo Oriente hasta Madrid. En este sentido, Estados Unidos propone los tratados Transpacífico (TTP), Transatlántico (TTIP) y de Servicios (TISA), mientras China apuntala la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y el Banco Asiático de Inversión e Infraestructura (AIIB).

Lisa y llanamente es la construcción de zonas de hegemonía sobre las ruinas del multilateralismo, no solo para el intercambio de bienes, sino también de servicios y la estricta regulación sobre asuntos de competencia, patentes, compras gubernamentales, entre otros.

Sería ingenuo pensar que estos mega acuerdos plurilaterales que se tejen en el más absoluto secretismo responden únicamente a una ambición comercial. La diplomacia de cañoneras no está vencida y si no basta repasar los antecedentes con Saddam Hussein en Irak o Muammar Gaddafi en Libia que en tanto manifestaron su voluntad de cambiar el patrón dólar por el euro y el oro para sus transacciones con el petróleo fueron arrasados contra toda norma de Derecho Internacional.

Pero había otro asunto que incomodaba y sigue incomodando a las potencias hegemónicas: los procesos soberanos de integración o unión regional. Cualquier iniciativa de unidad panárabe, africana, sudasiática, euroasiática, europea, sudamericana o latinoamericana será debidamente contrarrestada. No se admite la consolidación de nuevos estados continentales que puedan suponer una amenaza o que, por su poder de disuasión, discutan las reglas establecidas.

El avance exponencial de la tecnología en las comunicaciones, la información y la producción, está acelerando algunos procesos históricos, multiplicando las corrientes migratorias, el acceso al conocimiento y el consumo de los seres humanos. Esto que a todos nos resulta bastante cotidiano e intuitivo, exige una impostergable y determinada acción política para corregir la desigualdad de oportunidades y las indeseables consecuencias sociales y ambientales.

Ni Estados Unidos ni China parecen estar a la altura de poder representar en estas circunstancias un modelo civilizatorio capaz de hacer frente a estas exigencias ni exaltan una utopía redentora o una promesa de salvación que cale en lo profundo de los pueblos del mundo. El New Age del siglo XXI está dando muestras de agotamiento.

Los paraguas ideológicos que se desplegaron durante la guerra fría del siglo XX no pudieron evitar el acercamiento de Francia y Alemania, de Argentina y Brasil o de Egipto y Siria, que constituyeron paulatinamente espacios de cooperación más o menos exitosos, pero que alimentaron de manera incipiente la tercera vía, junto con un estado continental como la India y estados nucleares como Indonesia e Irán. Al derrumbe soviético le siguió diez años después el derrumbe neoliberal y la prueba más fehaciente es el fracaso del libre comercio en el mundo, enterrado en las rondas de Doha. Desde hace varios años el renacimiento de Rusia, otro estado continental industrial con proyección euroasiática, está jugando un rol fundamental en la aspiración de un mundo multipolar.

El desenlace final de la guerra en Siria e Irak seguramente traerá aparejado un nuevo orden regional, aunque sea provisorio, y volverá a repartir las cartas entre las potencias involucradas. Vale recordar que hay más de setenta países implicados en el epicentro de esta confrontación, cuyo escenario se completa en los conflictos de Ucrania, Libia, Pakistán, Afganistán, entre otros.

En este contexto, a partir del 13 de septiembre tuvo lugar la XVII Cumbre del Movimiento de Países No Alineados en la Isla Margarita (Venezuela) con la participación récord de más de 130 países., una buena ocasión para refundar este valioso foro, sobre todo teniendo en cuenta las sombrías perspectivas que dejó la reciente reunión del G-20 en Hangzhou.

Iremos haciendo el seguimiento y profundizando en varios asuntos que han quedado planteados a modo de panorama general en esta primera participación. La principal batalla es la moral, por eso, aun atravesando tiempos de incertidumbre o desencanto, es primordial alzar la mira, discernir los acontecimientos y agitar las banderas que sostienen al Sur como familia de acción y pensamiento revolucionarios.

Por Marcos Methol Sastre, productor del programa “GPS Internacional”, radio Sputnik.