EL PODER MILITAR COMO MEDIDA DE TODAS LAS COSAS

 

*Cristian Almeida

El escenario internacional actual nos invita a pensar en cuestiones que ponen en duda las teorías de la política internacional modernas, en el sentido de su tendencia a marginar el rol preponderante del poder militar en política exterior por la presunta escasez de su eficacia para la resolución de problemas en una agenda cada vez más diversificada. Si bien hay un porcentaje de verdad, los hechos tienden a demostrar que eso ocurre en los acontecimientos de la política baja e intermedia, pero en los momentos donde se esgrime la política de alta intensidad, en la que se juegan realmente asuntos de seguridad nacional de los Estados y los intereses geopolíticos, la nota termina siendo sobre como los países centrales que poseen un cierto estadio de “poder duro” terminan por delinear los límites del sistema y sus variaciones, y como las otras unidades (que quizás dispongan de otro tipo de poder, o un estadio militar menor) aceptan las reglas del juego por la diferencia en la relación de fuerza.

Una identificación de las acciones geopolíticas puestas en práctica por los EEUU desde el cambio de administración reciente nos permiten entender los mensajes que la potencia hegemónica  envía a los otros actores y sacar algunas conclusiones.

Bombardeo a Siria: el país de oriente medio es el escenario de “la nueva Guerra Fría” entre Estados Unidos y Rusia, como lo denominan los analistas, la cara visible de la carrera entre las dos potencias militares principales del sistema internacional que allí esgrimen su influencia en una zona convulsionada por las pujas entre grupos extremistas y gobiernos inestables, rica en recursos, y estratégicamente importante de ambos lados por las posiciones militares, bases de despegue y misiles, de cara a uno y otro lado respectivamente. La ofensiva de EEUU con misiles Tomahawk a la base aérea del ejército sirio por supuesto uso de armas químicas por parte del gobierno en contra de su población elevó la vara a un punto que puso a prueba las intenciones de Putin. En un contexto de aumento de la presencia en la región, despliegue de tropas y una campaña propagandística fenomenal por parte de los medios rusos, el mandatario quedó en la encrucijada sobre cómo responder ante este ataque de doble dimensión (mensaje similar, salvando las distancias, a los bombardeos realizados en Japón previos a la Guerra Fría). EEUU marcó el terreno, dejó en claro hasta donde está dispuesto a ir para asegurar la zona de influencia y que se encuentra varios escalones por encima del resto. Rusia, si bien no abandonó la actividad en la zona, no tomó medidas al respecto excepto por la vía discursiva.

Ningún organismo internacional sancionó a EEUU, sólo algunas declaraciones de repudio y críticas moderadas sin efecto en el mundo real.

Ofensiva contra Corea del Norte: de manera casi inmediata luego del ataque en Siria, la agenda de Trump continuó hacia el hermético país asiático. Con un modus operandi similar que en el escenario anterior y en pos de atar cualquier cabo que pudiese poner en riesgo la unipolaridad del sistema, EEUU busca disuadir el desarrollo nuclear que el gobierno de Kim Jong-un orgullosamente exhibe cada vez que efectúa un ensayo o desfile. La diferencia radica en la imprevisibilidad del mandatario norcoreano. En el caso de Rusia, se sabe de un estratega ´previsible´ en términos de acciones que pudieran poner en riesgo la seguridad rusa en la toma de decisiones, difícilmente iría a un conflicto directo por una cuestión externa. Kim tiene un perfil distinto, y probablemente allí radique el punto por el cual EEUU no avanza como lo hace en medio oriente: por el temor a una represalia. Sin ir más lejos, Corea del Norte no tiene tapujos en amenazar a Trump a través de voces oficiales del gobierno si éste osara realizar un ataque preventivo contra su país.

La imprevisibilidad del líder y la posesión de armas nucleares son motivo de cautela. Las armas nucleares son el “seguro” con el que cuenta Corea del Norte.

Presión sobre China: en escenarios de potencial conflicto, los actores poderosos del sistema que no están vinculados directamente se ven obligados igualmente a tomar partido y formar coaliciones, sobre todo si están cerca de la zona de disputa (a menos que ostenten un estadio de poder tan grande que les permita aislarse). Rápidamente podemos observar como en el caso de Siria, Gran Bretaña sale a respaldar las medidas de EEUU, o Irán las condena. De la misma manera, China es ´empujado´ a tomar posición en el conflicto actual en el mar de Corea por la administración de Trump. El gigante asiático es el actor comercial del siglo XXI, enemigo de los intereses norteamericanos en lo económico, que dentro de un sistema unipolar de más de 20 años ha logrado ser un nuevo foco respecto al orden hegemónico, representa una alternativa de financiamiento a los países en desarrollo distinta a las del FMI o la banca financiera tradicional norteamericana. Su modelo de desarrollo es imitado por otros países que se proyectan como potenciales actores que darían forma a un sistema más multipolar en dos décadas, como la India. Los BRICS son el claro ejemplo del deterioro de la hegemonía económica de EEUU, un foco de desarrollo y comercio absolutamente independiente del establishment tradicional.

Pero en términos militares la situación es otra. Trump ve (o pretende ver) en China un aliado ante un eventual conflicto con Corea del Norte. China mantiene vínculos comerciales con los norcoreanos, es uno de los pocos países que lo hacen para con un Estado prácticamente hermético, y no se leen intenciones en sus acciones intenciones de una enemistad, más allá de las que pueda pretender EEUU. La cuestión es, tiene China autonomía para decidir de qué lado estar? Puede mantenerse aislado del conflicto aunque eso significase la enemistad de EEUU? Estaría dispuesto a formar coalición con Trump y tener un enemigo tan cerca que posee misiles nucleares de alcance?  La prospectiva futura, los costos y beneficios y la continuidad de los eventos responderán tales incertidumbres.

Conclusiones:

  • En un cierto estadio de poder militar, el poder de acción esta por encima de las instituciones internacionales. Esto se ve en las medidas que toma Estados Unidos sin pasar por el Consejo de Seguridad y no son motivo de sanción por organismos como la ONU.
  • Las armas nucleares son un “seguro” para los países. Prueba de ello es el caso de Corea del Norte, que pese a las presiones externas continúa con ensayos nucleares y de armas convencionales. Esas acciones “descansan” en la posesión de armas nucleares.
  • En una eventual alteración del sistema, el poder militar está siempre por encima de los demás tipos de poder. China es un actor central de la economía mundial, pero igualmente es presionado por el hegemón del sistema. Al final de cuentas, el poder duro es el que vale.

Estas cuestiones invitan a pensar, al menos, hasta que punto los tipos de “poder blando” son eficaces o de relevancia en asuntos de alta política. Si es cierto, como dicen las teorías de relaciones internacionales contemporáneas, que el poder militar está en declive, ¿por qué los países centrales aumentan significativamente su presupuesto en Defensa y en desarrollo de tecnologías bélicas? ¿Por qué los países que reconstruyen su poder nacional, como Rusia, acompañan su desarrollo económico con un aumento de sus zonas de influencia vía presencia militar? ¿Cuántas ocupaciones de territorio, como en el caso de Las Malvinas donde la totalidad de la comunidad internacional está de acuerdo que son de soberanía argentina, se han resuelto por vía diplomática?

Parece ser que en escenarios de “estabilidad” del sistema surgen las nuevas teorías, pero en momentos de alteraciones en el sistema la esencia del realismo recobra relevancia, y el poder militar vuelve a ser la medida de todas las cosas.

*Por Cristian Almeida, estudiante de Relaciones Internacionales (UNLa) y miembro del CENACK.